sábado, 18 de junio de 2011

Continuación de la historia del doctor Alejo...

Y este es el verdadero final de la historia del señor Alejo; ¡espero que os guste!

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente, murió estrangulado.
Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso, que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.
La Policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. 


Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había «mirado», las había «visto», y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llena de terror, acudió la Policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron, y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa como si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.
¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?
Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano, entonces, escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital, y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia.»
Ramón Gómez de la Serna, Otras fantasmagorías.

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